Siempre he pensado que a veces desconocemos más lo que más próximo tenemos. Portugal es uno de esos lugares mágicos, acogedores, con un encanto muy peculiar y que, sin embargo, aún continúa siendo extraño para muchos españoles. La primera vez que viajé al país luso fue para disfrutar de sus playas del Algarve. Antes de realizar el viaje, pensaba que este país no ofrecía grandes atractivos para el turista español. Sin embargo, pronto me di cuenta de lo equivocado de mi planteamiento. Pude descubrir muy rápidamente toda la belleza que escondía un país como este. Y eso que por el momento sólo había disfrutado del sur de su costa atlántica.
Cuando estuve en una de las playas del Algarve, me planteé que sería interesante visitar una ciudad como Faro. Su dinamismo y su vitalidad me cautivaron, y fue en ese momento cuando me decidí a buscar viajes baratos para descubrir por completo el país vecino. Pero no lo pospuse, sino que, aun a sabiendas de que no contaba con demasiado dinero, conseguí un mapa y me propuse explorar el país en ese mes de vacaciones.


Comencé con una ruta apasionante por la región de Alentejo. Posteriormente, recordé algunas historias que mi abuelo (un gran enamorado de la capital lusa) me había contado sobre Lisboa. Me dije: « Es ahora cuando debo conocer la capital de este país ». Así que conseguí un billete de autobús y, cuando llegué a la estación de autobuses de la capital, la emoción me embargó al descubrir una ciudad que había sabido envejecer tan bien; una ciudad cálida, apacible, pero también dinámica y juvenil. Tras despedirme de Lisboa, continúe mi viaje por el centro de Portugal, concluyendo en la ciudad de Oporto, un lugar que tanto me recordó a mi Galicia querida.